QUEREMOS A DIOS DENTRO DE NUESTRAS ESCUELAS

Durante 18 años dediqué parte de mi vida a ser educador dentro del Departamento de Educación Pública de Puerto Rico. Como maestros tenemos una responsabilidad enorme para con nuestros estudiantes y por consiguiente con nuestro país. Un aspecto sumamente importante que debemos tomar en consideración cuando pretendemos educar a nuestros jóvenes son los dobles estándares que nos llevan a contradicciones ante los ojos del estudiante.  Como maestro de teatro presenté obras teatrales con mis alumnos en infinidad de ocasiones y en un país predominantemente cristiano como el nuestro es costumbre que antes de comenzar cada función se hiciese una oración, lo cual estuve haciendo durante muchos años aun cuando conocía que el Reglamento General de Estudiantes prohibe claramente “actividades que propendan al proselitismo político o religioso que produzcan un ambiente divisivo en la comunidad escolar, en los predios escolares durante el horario lectivo, excepto que la actividad esté autorizada por el director escolar y sea lícita y tenga un fin público y educativo.”  Una de las más grandes lecciones que recibí durante mis años de maestro vino de parte de un estudiante judío que en una ocasión se me acercó y me dijo respetuosamente que este tipo de actividades donde se seguían rituales o creencias del cristianismo lo hacía sentirse excluido e incómodo.  A partir de ese momento, entendí claramente, lo que el haberme criado entre una mayoría cristiana, no me había permitido ver hasta ese instante, y era el respeto a la diversidad de culto y a la no imposición del cristianismo en espacios públicos.  Durante muchos años no solo había sido partícipe de actividades proselitistas cristianas que producían un ambiente divisivo y que no tenían ningún fin público ni educativo, sino que había sido parte de los dobles estándares que tanto rechazaba.  Ese fue el momento en que entendí que no estaba educando con mi ejemplo, que estaba violentando el Reglamento General de Estudiantes, la separación de Iglesia y Estado y que les estaba diciendo a mis estudiantes con mi conducta que el Reglamento que tanto defendía podía ser violentado de manera selectiva.  Hoy vi en las redes sociales una foto de una actividad proselitista religiosa de unos estudiantes dentro de una escuela pública en Cataño y pude apreciar como muchos educadores decían que querían a Dios en las escuelas.  Solo me queda preguntarle a esos maestros; ¿dónde queda nuestro rol como educadores cuando invitamos a nuestros estudiantes a violentar el Reglamento General de Estudiantes y la Constitución del Estado Libre Asociado? Pobre ejemplo mediante el modelaje de conducta cuando nos dejamos llevar por los dobles estándares.

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